Enrique Lihn - La Efímera Vulgata




LA EFíMERA VULGATA
Enrique Lihn

En un barrio de Sidney en la Rambla de Sitges
(cuando los padres han recogido a sus niños)
A medianoche cuando la Cenicienta pierde, alocada y astuta
uno de sus zapatitos en manos de las doce campanadas
en el Café de la Ópera, en la casa de la Carlina
en Christopher Street
se despierta la Efímera Vulgata para su vuelo nupcial
Despliega, como en las viejas tarjetas postales, sus alas de seda pintadas de lentejuelas
Los ojos son ocelos que relumbran al contacto de la luz y brillan con languidez.

Ante el espejo abominable
cópula que multiplica el número de lo mismo
alza el busto -ese simulacro- y miente la voluptuosidad con que acaricia
senos que -si no tiene- existen por el milagro doloroso de la silicona
Despereza con las manos, a veces velludas
empinándose, el cuerpo desesperadamente sin nalgas
El reloj -todavía masculino- marca la hora
en que esta cenicienta debe atrapar a su príncipe
-aparición invertida que lo haga caer, como en una trampa, en lo que no eslos
pies grandes en los zapatos estrechos
Pues también el príncipe miserablemente, a veces, deambula
y otras, con ferocidad
detrás de un phantasma, y no es (¡ay!) casi nunca una cabeza coronada:
la excepción que confirme la regla.

En los precitados rincones del mundo la rara flor se extiende centelleando
no por los prados de su imaginación sino por cafeterías y discotecas
Es el desfile que remeda el vuelo, una marcha heroica
Exhibicionismo circunscrito al incógnito que se desgañita por violarlo
en un frenético baile de irreconocibles
desenmascarados. 

Los que alguna vez se han soñado mujer (y su nombre es legión)
abominan del ejército de las locas
diezmado pero a veces violento
que al atacar se bate en retirada.

La Efímera Vulgata al llegar con las manos en el espejo a las entrepiernas
se esfuerza por ocultar, en lo que parece el pubis, el arma que esgrimirá cuando lo delate
al desdoblarse en su propio atacante
Pero mientras llegue con él ese momento.
quisiera arrancarse lo que le falta y le sobra
pues del otro espera el objeto de su deseo:
el objeto del deseo del otro
y lo debe llevar allí prendado de las prendas irrisoriamente femeninas
-un calzón escarlata, negras medias de mallaSeñal
oculta de que el espejo, aunque seductor
es una metáfora de la mentira.

El falo, estigma pero signo 
de que a través del disfraz pintado y alado
el cual en cada miembro de ese ejército cambia
hasta lo inverosímil
restaura pánicamente la efigie
de la Gran Madre Fálica, la diosa tutelar
de los travestistas
el Tótem de la Tribu
señal de que el espejo diría la verdad
si lo imposible se mirara en él.

Los soñadores cuyos sueños en la hora de la consulta
no parecen, por su vulgaridad, llamar la atención del analista
se despiertan feminizados de la noche a la mañana como el doctor Schreber -"el sol es
una puta"- en un lecho inesperadamente nupcial
con la sensación de ser flanqueados por una ausencia voluptuosa
que investida de ellos se les devuelve en una caricia
para sorpresa de sus senos opulentos: pompas de la inversión
brotados del soplo que atraviesa el espejo.

La legión, a su vez, desperdigada en el secreto
no sólo odia a quienes, en lugar de hacerlo en el diván de la clínica
despiertan en la cama de Schreber
dueñas de casa en Sydney, fantasmas en Barcelona
de carne y hueso, virtuosos de la prostitución
Entre los analizados hay quienes
cuando simulan observar con mirada clínica, en las calles oscuras
o en escenarios resplandecientes que los protegen de su identidad la metamorfosis
de la Efímera Vulgata
se arriesgan, más y más, a un cierto tipo de conjeturas
(este escrito es un caso)
del que el voyeurismo es una variedad ejemplar:
el ojo deja de ver alienado a lo que ve
el punto ciego del ojo, punto de fuga de las miradas y de partida de la Visión
coda iluminante. 

Si bien el mirón confunde el sillón del analista
con el lecho nupcial de Schreber -la amante del sol- no consuma esta locura
Logra salir, formalmente, a la calle luego de concertar una nueva sesión
ocultando en la voz el temblor de la voz
Sigue -mientras deambula destronado, por las calles- con una mirada ciega
en sí mismo, los preparativos
que le inspiran empatía y horror

Él es su Visión: el fantasma ve, así, por el ojo del otro el momento en que éste
se mira en él
Ve a una reina algo anticuada
de la noche, en el carnaval de Sitges
demorando todavía ante el espejo, en su sórdida pieza de hotel
el momento de salir a la calle

Las "otras" la aguardan erizadas de plumas y joyas
falsas pero preciosas. "Mujeres" jóvenes
de todas partes del mundo que no son lo que son
pero ¡con cuánta facilidad lo parecen!

Prontas a levantar el vuelo nupcial cuando aparezca entre ellas
dejando oír la rica sonoridad de su voz
en el metal de las doce campanadas 
Quizá lo hagan con una gracia nueva
irrepetible, y abunden algunos verdaderos
príncipes azules que hagan el milagro
de la multiplicación de los sexos
por el desdoblamiento de uno de ellos
cancelación de su maldita identidad
flagrante como un delito que perturbara el juego frenético de las simulaciones
y punto de partida de ellas mismas.

Quizá un cuarto sexo -ente numinoso- caiga atraído esa noche:
un rayo sobre la rambla y se cumpla el milagro
de la transfiguración de Cenicienta en el azul del príncipe que acaricia
con ansiedad el zapatito de las doce

Tal vez andróginos perfectos hayan puesto pie en tierra esa noche
con sus zapatitos, profetas de la Tierra Incógnita
donde ni el placer ni el dolor de los maricas existan
Pero ella no puede saberlo porque el miedo de arrastrar sus alas en lugar de
desplegarlas mantiene atrapada
a la Efímera Vulgata en el foco del espejo
algo como el revoloteo de una cara alrededor de sí misma
aunque se mantenga en una inmovilidad -Ia del fantasma- el busto
alzado, los ocelos clavados en su propia imagen de madona irrisoria.

Ese simulacro de mujer (la Macarena, Chrystal, María Dolores)
sabe menos de su angustia que nosotros
los que nos miramos en ella emplazados en la inversión de su imagen
Alicia
through the looking-glass 

Atribuye esa angustia al justificado temor a la vejez
oponiéndole sobre las mejillas ásperas el lápiz labial
que le recuerda -¡horror!- a un payaso en su camarino
Desea que los ojos tengan un brillo de lágrimas
¡Pagliaccio! Pero lo que le devuelve el espejo
es -indeseada- la imagen de un cuarentón, personaje vulgar con su peluca rosada
y el vello negro que le ensucia los brazos y los senos.

Ni la imagen suya en el papel de Nedda ni la de Silvio, el amante
sino la de Canio, el abominable tercero en discordia
que él mismo es, un payaso, interponiéndose siempre
entre la fémina que quisiera ser
y la otra cara -oculta- de la mujer, en la luna del espejo: el príncipe azul
pura ausencia espejeante que se le escapa de los brazos.

Su propia imagen condensa en un solo personaje
reconocidamente grotesca
a los otros dos polos: unión -en la contrariedad- de los contrarios
mutuo desasosiego
Son los ojos de un hombre viejo
los que se clavan en el reflejo de sí mismos, sobre la máscara de la prima donna
y esos ojos déjà vue, crueles en la delación de la máscara
-soplones voluntarios en una redada policial- no son, es claro
los del imposible tercero en discordia
Obturan, como si fueran de plomo, la mirada azul
y coronada de nadie
objeto del deseo sin objeto. 

Nosotros ocupamos ese no lugar
tránsfugas del analista, satélites del doctor Schreber
los incompetentes voyeurs para los cuales
la perversión no es más que una ensoñación
o una pesadilla. Y que esperamos en la rambla
antes de hacer mutis por el foro, la aparición
de lo primera actor: el viejo marica acopiado de arreos femeninos

(todos los hierros) como de sus armas un guerrero medieval

Imagen de la Soledad
que no osa decir su nombre
Tres personas distintas y un solo pobre diablo no más
el mísero "mensajero de la Nada y sus Misterios"
rey y reina de la noche ubicua
que este poema corona de inanidad
una palabra sonora y vacía en lugar de príncipes, arrojada al paso de la mariposa gigante
-ocelos que no ven y bocas selladas por las bocas abiertas de las grotescas máscaras, en carnaval

Entumecida por el miedo de que, si se hiciera esperar
el sobrante de estos segundos, dejaría en una borradura de ser
obliterada, por el olvido del presente, en el pasado.

Unos segundos después de las doce campanadas
la Loca se precipita escaleras abajo
(el viejo ascensor de este tipo de hoteles sólo puede usarse por orden de la
administración, para subir)
aletea ya -taconeo ansioso y pauperizado de nalgas que hace de su irrupción
en la tierra de nadie, fronteriza de la medianoche
una aparición invertida
metáfora de la fuga de Cenicienta.

Es como un borracho que, harto de su imagen, en el Café
de la Ópera, se suicidara arrojándose contra el espejo
Los toques de rouge ensangrientan allí la cara con la violencia
de su atracción por la luz
Las miradas del soplón, del voyeur y del príncipe desazulado
se deslíen en el maquillaje -máscara que el flash derritey
brota la identidad de esa calavera viviente. 

Ella se goza, por fin, en romper el incógnito
al momento de emprender el vuelo simulando que lo hace
Descorre la cortina de su aspecto
para exhibir algo que no puede ver
"la escena original"
Matternitá en la Caja Negra de nuestra señora
la Gran Madre Fálica
el llanto del bebé en el lánguido brillo de unos ojos desenmascarados
que lloran encandilados y ciegamente nos miran
y se ven, sin saberlo, en los nuestros. 


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